7/Paca: una mujer tejera

 

 

LA PACA DEL OSO

Exceptuando las de la tía Brígida y la tía Benita, todas las tejeras de Villafranca fueron regentadas por hombres. Aparte de los miembros de sus familias, estas mujeres eran ayudadas por peones que se encargaban de cortar durante el invierno la leña necesaria para cocer en el horno, extraer la tierra de los terreros o amasar el barro; trabajos todos ellos que requerían de la condición física más fuerte del varón. Pese a esto, no faltaron ocasiones en que estas mujeres también los llevaron a cabo. En general, los hombres eran los encargados de realizar las labores que requerían más esfuerzo físico y las más especializadas, como quemar en el horno o cortar la teja, faenas éstas que precisaban de la experiencia de una mano hábil y diestra. Pero había mujeres fuertes y capaces de hacer cualquiera de las labores de la tejera como cualquier hombre, además de llevar el trabajo que suponía la crianza de los hijos y la regencia de la casa sin ayuda masculina.
Una de estas mujeres bien podría ser Francisca Mariblanca Camuñas, la Paca del Oso, hija de Guillermo Mariblanca Gómez y Pura Camuñas Loarces, nacida en 1916 en la tejera propiedad de su padre, situada en la actual esquina entre la calle de las Cabezuelas y la de Dimas de Madariaga. Empezó a desarrollar trabajos en la tejera desde muy niña como molillera: sacaba agua del pozo, cernía tamo y ceniza, ayudaba a formar el pellón… Trabajos que con el tiempo se fueron ampliando hasta cortar teja, pisar el barro o cargar el horno de material para cocer.
Era la mayor de cuatro hermanos: Isabel, Elena, y Floro. Se casó en 1940 con Francisco Gómez Díaz, el Jaro Bodega, tras volver de la Guerra, también tejero como ella y todos los miembros de su familia, por lo que continuó trabajando con su marido en la tejera, que fue compartida con su hermano Floro. Estuvieron ayudándose mutuamente y trabajando varios años juntos, hasta que el Jaro y él tuvieron unas desavenencias por cuestiones de venta de material.
Al principio no tenían burro y lo pedían prestado al tío Ubaldo para ayudarse en las labores del barro.
Tras la muerte de su madre, estando ella casada ya, su padre se fue a vivir con otra mujer, con la que tuvo una hija.
Paca y Francisco tuvieron cuatro hijos, el mayor de los cuales falleció cuando contaba cinco años. Viven sus tres hijas: Paquita, nacida en 1944, Manoli en 1947 y Bienve en 1949, a las cuales todo el mundo conocía por las Jaras y a las que ponían a ayudar en la tejera cuando cumplían ocho años.
Paca se levantaba antes de salir el sol y se iba a la tejera, dejando a las niñas encerradas para que no salieran de la casa antes de que ella volviera a recogerlas transportándolas en la carretilla para almorzar en la tejera. Normalmente se quedaba su vecina Pura con ellas, las peinaba y las despertaba antes de que ella llegara. Alguna vez intentaron ellas ir solas antes de que su madre fuera a recogerlas, como aquélla en que Manoli se cayó del borrico rompiéndose un brazo, ya que su hermana Paquita, la mayor pero aún muy chica, lo había acercado a la ventana para poder subir a sus hermanas y después ella, tras trepar por la reja.
Cuando fueron un poco más grandes, las mandaba a comprar sardinas a la pescadería de la Juana, escabeche a la tienda de Julio o asadura a la carnicería. Su hija Paquita recuerda que una vez entró un gato a la cocina y se comió la asadura que su hermana Manoli había comprado para la cena, ésta persiguió al gato por los tejados y no la recuperó, por lo que lloró con gran disgusto. En otra ocasión, yendo Manoli y Bienve a la fuente a por agua con el cántaro, éste se les rompió, provocando gran pesar en las niñas. Cuando su madre se enteró las consoló y les pidió que no se sofocaran por eso.
Las niñas, en la compra, no pagaban, se llevaban los productos fiados, hasta que iban sus padres a hacerlo cuando vendían la teja.
Como era Paca era una mujer muy atareada, prefería que el Chato del Agua le dejara toda la que fuera capaz de transportar en los cántaros de su carro una vez a la semana, llenando todos los recipientes disponibles que tuviera, ya fueran tinajas, cubos o lebrillos.
Paca preparaba la comida en la tejera todos los días, pero sólo se podían permitir comer judías blancas casi siempre, pues eran baratas, aportaban energía y se compraban por sacos. Recuerdan sus hijas que se las tenían que comer a medias de cocer pues no proporcionaba suficiente calor el fuego de paja con el que las cocinaba en la chimenea de la casilla. En las ocasiones en que comían gachas o migas era su marido el encargado de hacerlas, así como las catas y el zurra que hacía en las grandes ocasiones, como en san Marcos.
Las cenas familiares se hacían en el pueblo, cuando acababa la jornada laboral, y consistían en una cata de pimentón con aceite y sal, aceitunas, habas, zanahorias o alcagüetas con pan o sardinas salás. Cuando pasaban los hortelanos por la carretera de Quero, cerca de la tejera que adquirieron después, compraban lechuga y hacían ensaladas con agua y aceite, que comían de postre y parecía que estaban de fiesta. Las meriendas consistían en un zurra que hacía el padre con agua, vino y azúcar, al cual añadía sopas de pan. Era una merienda refrescante que hacía que las niñas se durmieran a veces sobre el suelo empedrado del patio cuando llegaban al pueblo antes de cenar, lo cual daba mucha pena a Paca.
Cuando podían permitírselo, Paca acudía al horno para hacer tortas y magdalenas con las que recompensar al aguador que le dejaba todo su cargamento de agua para ella sola y para merendar las niñas. Cerca de san Marcos, hacía hornazos que compartían con el resto de los tejeros en la celebración del santo.
Todos los años mataban un cerdo y era ella la encargada de la matanza, ya que lo aprendió de su madre, que era carnicera. Paca cocía la cebolla y la calabaza para hacer las morcillas, limpiaba las tripas para los chorizos y las longanizas, adobaba el picadillo y cocía el bodrio añadiendo los condimentos al tiento, ponía a secar los jamones, sellaba con yeso las orzas donde conservaba los lomos y los embutidos en aceite para ir consumiéndolos poco a poco.
Los útiles de la matanza fueron comprándolos poco a poco, pues les gustaba poseer sus propios materiales sin tener que pedirlos prestados: la máquina de hacer chorizos, la caldera, la artesa. También era de su propiedad el potro de jalbegar. Pero Paca todo lo prestaba a las vecinas cuando lo necesitaban.
Aprendió a coser a máquina y cuando pudo se compró una para hacer la ropa a sus hijas, de la cual no le gustaba que tuvieran más de la necesaria (decía que había que tener de todo quita y pon y uno más por si acaso), le gustaba gastar sólo lo preciso. Paquita, su hija mayor, no pudo hacer la Comunión por no tener vestido para la ocasión, pero sí la hicieron Manoli y Bienve.
Paca era una madre cariñosa con sus hijas, no quería disgustarlas ni que trabajaran demasiado, aunque tuviera que hacerlo ella. No le gustaba que se levantaran antes que los padres para irse a la tejera cuando ya eran un poco más grandes e ir formando el primer pellón del día. Francisco y ella les regañaban por eso. En cambio, a la hora de terminar la jornada, muchos días cuando ya se había puesto el sol, intentaba cortar y tender algunas tejas más para provechar la luz antes de irse a cenar al pueblo.
Los domingos por la tarde, único día de descanso en la tejera si no había que recoger el material tendido o cocer en el horno, las montaba a lomos del burro y las llevaba a bañar a la laguna.
Dejaba que las niñas descansaran el ratillo de la siesta, mientras ellos dormían un poco. Se iban a la sombra de un árbol a hablar con sus amigas, también tejeras, las hijas de Brusilla. Les decía siempre “no riñáis ni deis ruido”.
Era muy buena consejera y sus hijas recuerdan que les gustaba mucho hablar con ella cuando tenían cualquier problema o se echaban novio.
Paca era muy fuerte y trabajadora, la mayor parte de su tiempo colaboraba en la tejera pisando y amasando el barro, cortando teja o enhornando, lo cual aliviaba mucho a su marido Francisco, además de poder ver aumentada la producción de teja y ladrillo. Animaba a sus hijas diciéndoles: “Venga, a ver si tendemos hoy mil”, refiriéndose al número de tejas, o “A ver si ganamos para la cena de esta noche echando otras bolas (de barro)”.
La tejera de Francisco el Jaro y la Paca del Oso era la única que cocía piedras de cal que luego vendía ella por las calles, transportándola en las bolsas del carro, cuando pudieron comprar uno. Era una manera más de incrementar los ingresos de la familia.
Dejó de trabajar en la tejera cuando su marido se jubiló en 1979, aunque después siguieron acudiendo los dos a echar una mano en el trabajo a sus hijas Manoli y Bienve, que siguieron fabricando teja con sus maridos durante poco tiempo después en la misma tejera. Paquita dejó de hacerlo cuando se casó.
Paca murió de cáncer en 1990, con casi setenta y cuatro años.

P.C.M.

 

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