6/Cómo se hizo

ENCUENTRO
“Cuando Domingo me propuso hacer un trabajo sobre las tejeras de Villafranca, un primer pensamiento vino a mi mente en forma de pregunta: si yo no tengo ni idea de ese asunto, ¿cómo voy a poder escribir sobre él? Pero en seguida dije que sí, casi sin pensar más que en el reto que eso me suponía y en la cantidad de cosas que aprendería si accedía a colaborar con él. ¿A quién me dirigiría para documentarme? ¿De dónde obtendría la información? No conocía a nadie que hubiera trabajado en una tejera y sólo podía confiar en que los hijos y nietos de aquellos tejeros de siempre quisieran relatarme los recuerdos de sus padres y abuelos, aunque ellos nunca hayan trabajado en eso. Poco después, me fui acordando de personas que ya son mayores pero conservan buena memoria y que sé que han trabajado en tejeras.
Como en otras ocasiones, Domingo, con sus grandes dotes persuasorias para todo lo relativo a Villafranca, me convenció al decirme que había estado en su casa una señora, una tal Paquita Gómez Mariblanca, a llevarle unas fotos antiguas de tejeras, para que las incluyera en su página. Me dijo que Paquita estaba dispuesta a relatarnos el modo de trabajar de sus padres, tejeros ambos e hijos de tejeros también los dos, a facilitarnos toda la información de que ella dispusiera, a ponerla en nuestras manos y a aumentar nuestros escasos conocimientos… Ya tenía un punto de partida.
Pero yo seguía sin saber quién era la tal Paquita.
Domingo me dio su dirección y me envió por correo electrónico algunas fotos de una demostración que se llevó a cabo hace algunos años en la alfarería de los hermanos Peño, en la que participaron su padre, Francisco Gómez, Francisco Mariblanca (Faíco), la Marcelina de Caral y algunos tejeros más. Bien, ya la conocía de vista, por lo menos. Otra duda surgió: ¿cómo ponerme en contacto con ella, cómo abordarla?
Vino en mi socorro de nuevo Domingo: que no me preocupara, que era muy agradable de trato, y generosa, mucho; que me la presentaría, que me llevaría a su casa de la Rosa del Azafrán.
Claro, era fácil para él, que la conocía. Pero yo me planteaba cómo la abordaría, cómo sería nuestro primer contacto.
Pese a todo esto, me apetecía el reto.Todo fue mucho más sencillo de lo que temía, como me suele acontecer en situaciones parecidas: me preocupo mucho antes de ocuparme.Me encontré un día ventoso y otoñal con Paquita en el malecón, cuando ella iba a hacer una visita, con su bicicleta cogida del manillar, y me dirigí a ella sin pensármelo dos veces ni saber cómo:
-Perdone. Usted es Paquita, ¿verdad?
Ella me miró con extrañeza y sorpresa y me dijo que así era, pero no me preguntó quién era yo. Al ver tal expresión en su cara, sólo me cupo preguntarle si me conocía.
-Claro que sí. ¿No eres tú de Natalio?
Menos mal, pensé, no tengo que explicarle quién soy. La cosa empezaba bien, fácil. En cambio, sí me vi en la necesidad de explicarle por qué me dirigía a ella: Domingo me había pedido colaboración en un trabajo que se proponía hacer sobre las tejeras.
Se alegró tanto de saberlo, que sus ojos, tan despiertos y vivarachos, y su sonrisa, tan franca, me confirmaron que debíamos seguir adelante, que no podíamos defraudar a esa persona, que tanta ilusión demostraba.
En aquel primer contacto, me preguntó por mi familia, saludó a mi madre y a mi hija, que me acompañaban, y se mostró sumamente entusiasmada con la idea de que alguien pudiera plasmar en algún escrito, en algún libro, en algún trabajo, la vida de sus padres y de otros que habían trabajado cerca de ellos en las tejeras. Mi hija, oyendo el tema de nuestra conversación, me pidió acompañarme cuando fuéramos a su casa, ya que, aunque ella no sabía de lo que hablaríamos, le parecía que esa señora era muy agradable y que contaba muchas cosas curiosas.Paquita es modesta, bondadosa, servicial, de condición afable y sencilla, sin doblez, generosa, amable…
Nos ha ofrecido sus explicaciones y su casa las veces que hemos querido visitarla. La primera fue en Navidad, un día de mucho frío y resbalones por las calles nevadas. No estaba en su casa. Vaya.
Ella volvió a contactar en numerosas ocasiones con Domingo: “A ver cuándo vais, que os tengo que contar muchas cosas”. Pero nunca con impaciencia: “Bueno, cuando vosotros queráis, en vuestras manos lo dejo, que sé que lleváis mucho en rueda”.

Y llegó el gran día de la visita, sin que ella nos esperara. Luis, Marta, Domingo y yo nos bajamos del coche en la puerta de su casa, haciendo que Daniel, su marido, y ella entraran en la misma, recogiendo las sillas que habían sacado para tomar el sol, en la tarde del Jueves Santo, luminosa y cálida, llena del brillo y la novedad de los primeros días de la primavera.
Sacamos cámaras de vídeo, grabadoras, cuadernos y bolígrafos, cámaras de fotos… Y ella se sintió importante y cohibida. Azorada y nerviosa, hospitalaria, quiso ofrecernos pasar al comedor y encender la estufa e incluso el brasero; cómo íbamos a quedarnos en el patio, dijo. Y tuvimos que explicarle que allí la luz era mejor para trabajar.
Nos contó un montón de cosas sobre las tejeras, sus padres y sus vidas, sus trabajos, desvelos y anécdotas; de su matrimonio con Daniel, de sus hijos Dani y Paqui; de sus nietos, los de Toledo y el de aquí, al que ella cuida mientras su hija trabaja fuera de su casa (“Lo estoy criando yo”, nos dice); nos recitó poesías sobre las tejeras y la vida de las personas que trabajaban en ellas, nos mostró los útiles propios del trabajo ya desaparecido, hicimos fotos a herramientas y a personas, grabamos películas de vídeo; les preguntamos mil cosas a Daniel y a ella y nos respondieron muchas más. Y nunca se cayó la sonrisa de su cara ni se borró la generosidad de sus manos.
Qué gracia me hacía que, cuando yo tomaba algunas notas sobre sus explicaciones, ella se callara y esperara a que yo terminara de apuntar, deferente con nosotros en todo momento. Tenía que decirle que siguiera hablando, que no interrumpiera su discurso, que ya me arreglaría yo con los apuntes.
Volvimos al día siguiente María, Domingo y yo, y nos siguió contando más detalles, nos resolvió dudas que nos surgieron el día anterior en cuanto a las tejeras, le enseñamos lo que habíamos grabado, y se emocionó… Se emocionó casi hasta las lágrimas, viéndose recitar sus propias poesías, que hablan de su madre, de tiempos pasados, de penurias y felicidad, de barro a las costillas, de blancas tejeras y procesiones…
Cuando Paquita no recuerda algo o no le sale la palabra justa que está buscando o la expresión que quiere, pide ayuda a Daniel, que acude siempre dispuesto a echar una mano con sus relatos y sus recuerdos, que coinciden casi en su totalidad con los de su esposa, pues llevan más de cincuenta años compartiendo vida, desde aquel día en que él le entregó una esquela pidiéndole que fuera su novia. Si Daniel no está, ella dice invariablemente: -Ahora cuando venga Daniel, que os lo cuente él, a ver si se acuerda, que tiene mejor memoria que yo.

Durante esas dos tardes puso en nuestros aparatos tanta documentación, tanto conocimiento, tanta añoranza de un tiempo pasado, tanto cariño en sus relatos, que nos costó ponernos a ordenar, sin disponer de conocimientos relativos al tema. ¿Cómo explicar la risa que le producía acordarse de que a su madre siempre le salían duras las judías cuando las cocía en el fuego de la tejera? ¿Era posible reflejar de alguna manera que su padre se negaba a ponerle una bola de barro más en la espalda, pese a que ella se lo pidiera? ¿Podíamos expresar el cariño con que su padre hacía en el suelo una cama con masiega para que ella y sus hermanas pudieran dormir en las noches en que los adultos quemaban en el horno?

A mi vuelta a Madrid, busqué más documentación, intenté organizar la que ella me había facilitado, procuré asociar fotos y redacción, elaboré nuevas y largas listas de dudas y preguntas que me iban surgiendo sobre la marcha.
Y, días antes de la celebración del patrón de los tejeros, san Marcos, nos volvió a llamar para invitarnos a los festejos del fin de semana.
Me encontré con ella en la puerta de la ermita, minutos antes de la misa en honor del santo, nos sentamos en un banco al sol y me contó muchas más cosas sobre los tejeros y su vida durante la celebración, a la que apenas atendió.

Desde aquella tarde, he hablado varias veces con ella, siempre bien dispuesta y de inmejorable talante a responder a lo que le pidamos, con tal de facilitarnos la labor por la que tanta ilusión demuestra. Nos ha prometido componer una poesía dedicada al trabajo que estamos haciendo entre todos y que es, antes y más que de nadie, suyo.
La última vez que fuimos a su casa le regalamos unas flores y unas fotografías ampliadas que Domingo le hizo en nuestra primera visita. Ruborizada, no encontraba palabras de agradecimiento.
Paquita, es el mundo quien agradece la presencia de gente como ustedes”.

P.C.M.

 

AGRADECIMIENTO

Queridos amigos, Domingo y Pilar, quiero que sepáis que estoy muy agradecida de vosotros, sobre todo por haberme escuchado, y ayudarme a conseguir lo que siempre he soñado. No me lo puedo creer. Pero gracias a vosotros mis sueños se han hecho realidad.

Qué bonita que es la vida,
Que te llena de ilusión,
Cuando miras a tu gente,
Y a todo tu alrededor.

Mi casa tenéis abierta,
Nunca dudéis en entrar,
Porque a personas que aprecio,
No las quisiera olvidar.

Porque gracias a vosotros,
He podido conseguir,
El libro de los tejeros,
Que me hace tan feliz.

Lo guardaré con esmero,
Como si fuera un tesoro,
Pero nunca olvidaré,
Que os lo debo a vosotros.

El corazón me palpita,
Y de alegría me llena,
Y lo cogeré con mis manos,
Como si fuera una estrella

Con todo mi cariño P. Gomez.

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