2/ Presentación

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Mapa de tejeras

Buenas tardes a todos y muchas gracias por vuestra presencia y el interés que demostráis, estando aquí, por el asunto que nos ha reunido. ¡Ay, cómo cambian los tiempos! Y las costumbres, y las necesidades, y los valores, y los criterios, y la vida y el modo de pasarla… ¡Cómo cambia todo! Estamos asistiendo en las últimas décadas, unas veces con estupefacción y sorpresa, otras con lucha y denuedo quijotescos y las más con desidia y pasividad, a lo que algunos llaman degeneración y pérdida del pasado recibido de nuestros ancestros y otros una evolución y mejora, un progreso en la calidad de vida, en la tecnología, en la civilización y la cultura, en los trabajos… Vamos a referirnos aquí someramente a los cambios de estos últimos, a las variaciones que han surgido en los distintos oficios a lo largo del tiempo, al margen de si esos cambios nos han traído más beneficios que daños, que de todo hay. En 1982 la UNESCO definió el patrimonio cultural de un pueblo como el conjunto de obras de sus artistas, arquitectos, músicos, escritores y sabios, así como las creaciones anónimas, surgidas del alma popular y el conjunto de valores que dan sentido a la vida, es decir, las obras materiales y las no palpables que expresan la creatividad y la historia de ese pueblo: la lengua y las palabras, los ritos y las fiestas, las tradiciones, las creencias, las supersticiones, los lugares y monumentos históricos, la literatura, las obras de arte y los archivos y bibliotecas. Según esto, nosotros, que somos los herederos de tan vasta fortuna, estamos obligados moralmente a asumir su protección para legar este tesoro a nuestros hijos; debemos cuidar las grandes realizaciones, los pequeños logros y todo lo que refleje nuestra idiosincrasia y sus rasgos distintivos, incluyendo los utensilios y el uso que de ellos se hacía, cómo se llamaban, se manejaban y nos servíamos de ellos para llevar a cabo distintas labores, aunque ahora se hallen arrinconados por la civilización, el progreso y los adelantos que nos han llevado a casi olvidarlos. Nuestro día a día se ve inundado por nueva tecnología, relegando al olvido oficios antaño esenciales. Unos han desaparecido totalmente, como el de pregonero (¿quién necesita tamboril y cornetilla por las esquinas del pueblo disponiendo de Internet en nuestras casas?). Ya no hay plañideras, pues cada cual llora a sus propios muertos; ni colchoneros porque nos resulta más cómodo hacer las camas con un Pikolín y un edredón nórdico que con un colchón de mullida lana de oveja, a pesar de que no sean tan calientes y confortables. El automatismo y la electricidad han sustituido al campanero, ya que los toques de campana se regulan apretando un botón; no necesitamos los servicios de los lañaores ambulantes, con la cantidad de cacharros que tenemos en nuestras cocinas y la facilidad con que se reponen los deteriorados por otros nuevos. ¿Qué carros y carretas van a reparar en la actualidad los carreteros, cuando todos nos movemos en coche de un lugar a otro?; lo que necesitamos cada día son más mecánicos y chapistas. Con la modernidad, algunas ocupaciones han ido dejando paso a otras formas de empleo y han perdido su puesto en nuestra sociedad al ser sustituidas por una máquina, adaptándose a su manejo y al de otro utillaje para la producción, como ha ocurrido en las labores del campo: la siembra que se hacía a voleo manual ahora se efectúa con el tractor; los agricultores rompen menos astiles a cambio de llenar con gasoil el depósito de los vehículos mecanizados; el acarreo con galeras y carros tirados por mulas hasta hace cuarenta o cincuenta años se lleva a cabo con remolques arrastrados por un tractor. Y los dolores de riñones de segadores y vendimiadores se han visto aliviados por cosechadoras y grandes máquinas a las que sólo falta hacer fermentar el mosto y convertirlo en vino. No lo hacen porque aún no se les ha dotado de cubas y conos, pero todo se andará. Los arrieros, que igual vendían especias y alpargatas que cerámica o gorrinos, tardaban cuatro días en atravesar la provincia de Toledo para ir a hacer mercado, durmiendo en colchones sobre el suelo de las posadas estratégicamente elegidas al final de sus jornadas. Han derivado en vendedores ambulantes que descansan todas las noches en sus camas para cubrir esa misma distancia en dos horas porque han cambiado las mulas y carros por la velocidad de furgonetas y camiones. Carreteros y herreros trabajaban juntos con frecuencia en las fraguas para montar o reparar un carro, ya que éstos tenían elementos de madera combinados con piezas metálicas, como las ruedas y sus llantas. El trabajo que ellos realizaban lo efectúan en la actualidad los mecánicos en sus talleres de reparación. Otros empleos, sin llegar a desaparecer, han visto sustituida o limitada la demanda de sus productos resultantes, siendo obligados a reducir la fabricación de unos y a aumentar la de otros. Así encontramos que los cangiloneros hacen platos decorativos y vasijas de adorno porque ya no quedan huertas con pozos de noria donde colocar los cangilones que transportaban el agua de riego a la superficie. Lo mismo ha ocurrido con los herreros, que además de aguzar y mantener a punto los muchos aperos de labranza, asumían funciones propias de cerrajero, haciendo a fuerza de lima bisagras, llaves y cerraduras que ahora compramos doradas y relucientes en la ferretería; aunque siguen dedicándose a la forja decorativa y de rejas de ventanas y balcones. ¿Cómo van a fabricar arreos los guarnicioneros, si apenas quedan caballerías que uncir y aparejar? Ahora fabrican bolsos y cinturones dada la escasa demanda de aquéllos. Los sastres y modistas apenas si trabajan ni dan la vuelta a los cuellos de las camisas y chaquetas porque hay grandes comercios que nos venden la ropa más barata aunque no nos quede tan bien como la confeccionada a nuestra medida. Algunos oficios han sido absorbidos por otras profesiones: ya no se oyen por las calles las sulbatas de los capadores anunciando sus servicios, sino que son los veterinarios los encargados de castrar para que engorden bien a los pocos cerdos que aún se crían en nuestros corrales; los quesos cuajan y se curan en grandes fábricas mecanizadas y no artesanalmente en las majás de los pastores con los excedentes de leche de oveja; el actual tractorista ha reunido en su persona y su trabajo los de gañán, trillador, segador, sembrador y otros propios de la agricultura antigua y tradicional. Apurando todavía un poco más y por poner una nota de comicidad, hay que decir que algunos profesionales, con los tiempos globalizadores que corren, han cambiado su nombre o lo intentan al menos: los barberos han pasado a llamarse peluqueros; las peinadoras que hacían los moños de nuestras abuelas con servicio a domicilio y mandolina, peluqueras; los sastres, modistos, estilistas y hasta diseñadores; los albañiles de toda la vida, constructores (¿a qué se dedicaban antes si no construían y sólo albañileaban?), y los yeseros, no los que vendían yeso, sino los que lo aplicaban en las paredes, yesaires, que yo no sé de dónde habrán sacado el término. Hay pintores de brocha gorda que pretenden cambiar su nombre por el de decoradores de interiores; los cocineros quieren llamarse chefs o restauradores; los jefes de camareros, maîtres; los antiguos mesoneros ahora son camareros y algunos incluso dicen que bármanes; y los posaderos ya no son tales sino gerentes hoteleros. Los representantes y viajantes se denominan comerciales, aunque no haya cambiado su función yendo de unas tiendas a otras ofreciendo telas o cerveza; a los funcionarios no les gusta llamarse así porque son empleados públicos, los dentistas son odontólogos y los oculistas oftalmólogos, las criadas empleadas del hogar, los mancebos auxiliares de farmacia, los horteras y mozos de recados reponedores de grandes superficies. Hoy se presenta un trabajo sobre las tejeras, oficio desaparecido en Villafranca, sus alrededores y prácticamente en toda España, pese a ser nuestro pueblo un gran productor entre los años cincuenta y los setenta; extinguido no por innecesario, sino porque se han abaratado los costes en el transporte y la fabricación con los cambios que han promovido las comunicaciones por un lado y la mecanización y la industrialización por otro: con menor esfuerzo se fabrica más. Las tejas siguen protegiendo nuestras casas de las aguas y la intemperie, y los ladrillos continúan utilizándose en fachadas y paredes, por supuesto; pero ya no se elaboran a mano, artesanalmente y uno a uno, lo que hacía cada pieza singular y distinta de las demás, sino en grandes fábricas y en serie. Los trabajadores que las realizan ya no se ensucian las espaldas transportando las bolas de barro, ni andan descalzos por las eras y los tendidos; ya no se les agrietan las manos por el frío y las heladas tardías de los meses de marzo y abril por trabajar a la intemperie desde la madrugada hasta el anochecer, pues ejercen sus labores a cubierto y bajo techo la mayor parte del tiempo. Las supuestas mejoras que estos cambios entrañan son las que han hecho desaparecer este oficio del barro en Villafranca. Aún quedan entre nosotros hijos de antiguos tejeros que han ejercido este trabajo con sus padres, tan duramente como lo hicieron ellos, pues poco cambió la forma de fabricación a lo largo de los siglos en que abundaron las tejeras en nuestros alrededores. La manera de extraer la tierra de los terreros era la misma en el siglo XVII que en el XX, y el modo en que se alimentaba en una noche el horno también; poco han cambiado los vientos del mes de marzo ni los calores del de agosto. Por tanto, muchas de las personas que aquí se encuentran saben bien de lo que hablamos cuando decimos que el barro se hacía a pata o que había que recoger con apremio lo tendido cuando se oían los primeros truenos precursores de tormenta. Son gentes que conocen el peligro de los pozos sin brocal y la pérdida de ganancias cuando se formaban gorrinos en el horno. Saben lo que es levantarse antes que el sol para formar el primer pellón del día y hacerse un bozal con el pañuelo para no quemarse la cara con la canícula de la tarde de agosto. Siguen teniendo la misma devoción a san Marcos que sus padres le profesaban cuando compraron la imagen y le construyeron su ermita para conformarse en hermandad, aunque muchos no supieran leer. Son personas que nos ayudado a llevar a cabo este trabajo, nos han enseñado lo duras que eran las condiciones de vida de los tejeros, nos han ido llevando por el camino emocionante del conocimiento con la ilusión a cuestas, y guiándonos en el reto que suponía la recopilación de los procesos de fabricación y las fotografías. Gracias a todos los que han aportado algo a este trabajo en cualquier medida en que hayan participado, desde las críticas por los fallos que encontrarán, a las fotografías que han donado. Estas gentes no tienen ánimo de lucro, no buscan prestigio ni recompensa económica, ni siquiera el reconocimiento a un trabajo que hacen entre todos los que quieran colaborar como mejor puedan o sepan, con escasos medios y menores conocimientos, ni hacen las cosas por el favor que puedan encontrar dependiendo de la coloración consistorial. Podemos afirmar que este trabajo y otros que hemos llevado a cabo no son más que recopilaciones que hacemos sobre asuntos de nuestro pueblo que o bien se han perdido o están a punto de hacerlo, originales sin copias ni plagios, con gentes encantadoras e ilusionadas por el mero hecho de poder contar sus vivencias a alguien que las escucha. Por eso lo único con que nos sentimos pagados es con la satisfacción de haber disfrutado tanto mientras lo hacíamos y ahora por saber que lo hemos acabado, pero siempre podrá mejorarse con añadidos si falta hicieran. Gracias también a los que están siempre a nuestro lado, apoyándonos o haciendo cosas de todos y para todos por el interés de todos. Este trabajo, como muchos otros en los que andan liados, pese a los enfrentamientos que les supongan con los que hacen las cosas por propio interés, también es suyo y desde aquí se lo reconocemos: Luis, Pedro, Julián, Julio, Domingo, gracias.

Y gracias en especial a Paquita, por todo el cariño y la ilusión que ha puesto en él, por habernos transmitido tantas ganas y haber depositado en nosotros su confianza: sin ellos hubiera sido imposible de realizar. Ojalá hayamos sabido cumplir su sueño.

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